lunes, 28 de julio de 2014








Converso con una contemporánea que dice estar abrumada por el deterioro de los años: su jubilación no le permite tener empleada y ya casi no puede con el trabajo doméstico. El cuerpo no responde. La entiendo y lo compruebo ahora, cuando tecleo con bastante dolor en los dedos invadidos por la artrosis y me aburren los diarios esfuerzos para paliar las dificultades provocadas por esa jaula de dobles barrotes en que se va convirtiendo el esqueleto envarado.

No puedo mencionar el asunto ni menos quejarme en voz alta, pues un energúmeno se podrá a vociferar: ¡Anda al médico! como si sirviera de algo consultar a uno de los matasanos que atienden en esta lejana comuna y que están al alcance de mis esmirriadas faltriqueras: ejemplares recién salidos de alguna de esas nuevas universidades con poco o ningún pedigree, o algún extranjero que no ha cumplido con ninguna de las exigencias para ejercer en Chile: en resumen: peligros públicos.

Distintos eran los tiempos en que Raúl Dell’Oro me recomendaba a sus colegas de la Católica o la Chile, que tenían un prestigio bien ganado y que siempre eran - lógicamente - de ascendencia italiana.. El único facultativo que conservo de lugares menos salvajes es uno de la Santa María, al que no me lo recomendó nadie, sino que tuve que elegirlo porque era el cardiólogo que tenía más horas disponibles – mala señal – pero así y todo es civilizado, aunque timorato en extremo. Me da risa recordar lo nervioso que se puso cuando le pedí una receta para internar “cáscara sagrada”. Me hizo jurar que jamás se lo diría a nadie. Bueno, era una exigencia del agente de aduana, porsiaca… 

También de esa clínica era un oftalmólogo tincable, aunque se hacía bastante autobombo. Lo extraño era que se metió a la Santa María, después de formar parte de unos “oftalmólogos asociados”, cuya consulta costaba muchísimo más que en la clínica. ¿Alguna metida de pata?. Puede ser, nadie es perfecto. Pero, me confesó una vez que ya le estaba temblando la mano al operar... 
Lo malo del caso para nosotras las sobrevivientes, es que todos los galenos confiables han pasado ya a decorar el oriente eterno y cuando me enfrento con un chico recién egresado de quien sabe dónde, me mira con un aire de extremo prejuicio y me cataloga ipso facto como VDM a quien no hay que creerle nada y terminan consolándola a una con un vago: “No se preocupe, su problema es cosa de la edad”, lo cual es un eufemismo para decir que si una ya está con un pie en el cajón, para qué se preocupa si sabe que su salud está mucho, muchísimo mejor de lo que estará en unos pocos meses más. Como le decía el mentado Raúl a su tía, mi abuela: “Pero tía, dése con una piedra en el pecho por estar bien viva aún”.

Por eso es que me sirvo una copa de champaña que burbujea que es un gusto, porque: sonríe, mañana será peor.





domingo, 8 de junio de 2014

La blusita de Hallowen






El último recurso para ponerme algo seco mañana es planchar la tenebrosa blusita negra, de esas cosas horribles que una compra porque están a precio botado.  Pero, qué difícil es comprar ropa…eso de recorrer esas ridículas “grandes tiendas” de las poblaciones pobres, con su asqueroso surtido de saldos de años atrás, tallas gigantescas y colores imposibles. Ocurre que no hay guardarropa apropiado para gente en deterioro físico, deformaciones de la columna por artrosis y muchos etcéteras, porque al final tod@s terminamos convertid@s en viejit@s chic@s y aparte de usar túnicas tipo carpa para las de ruedo importante, no hay nada que una eligiría por gusto.



O sea, dentro de las peticiones que periódicamente publican los mayores, hay que agregar la condición que el comercio se preocupe del vestuario de nuestras contemporáneas. Hace años, mi amiga Luisa, tras la desoladora realidad de las tiendas, partió a su país de origen con el casi único fin de aperarse para el año. Como la recontra mayoría no podemos hacerlo, no queda otro recurso que programar una marcha estilo Tunick por el centro de la ciudad. Por razones obvias, habrá que esperar el verano…

miércoles, 21 de mayo de 2014

Lluvia



Ayer por la tarde miré casualmente a través de la ventana y me llamó la atención el color del cielo, rojo violento. Salí de inmediato afuera para tratar de ver un pedacito de cielo un poco más grande. Pero estaba comenzando a llover, me
resbalé en las baldosas mojadas y casi, casi... y si me caigo de nuevo 
ya no quedaré para contar el cuento. La lluvia comenzó a caer - pero no fina, grácil, leve - sino que zapateando sobre las latas del cobertizo con escándalo y alevosía y comencé a tomar las medidas del caso, corriendo muebles,
poniendo plásticos por aquí y por allá.

Lluvia en Santiago es la peor miseria del pobre, goteras o a veces cataratas, calles convertidas en ríos que arrastran de todo, inundaciones, enseres y muebles mojados, pies que chapotean en el barro,  resfríos, bronquitis, estufas
contaminantes. Por fortuna fue breve esta vez, sólo una advertencia para el futuro. Así y todo, la basura en las calles quedó pegada en el suelo mojado como si tuviera engrudo. En otras épocas, el reflejo condicionado habrían sido las
sopaipillas y picarones con unas buenas tazas de 
café o té tamaño choca, pero ¡ni mirarlas ahora!




Pero no puedo insistir en el lado negativo del asunto, de modo que tengo que
reconocer que hay por lo menos dos familias que quedaron contentísimas con la lluvia y salieron a patinar como malas de la cabeza, dejando brillantes huellas de su paso: las señoras babosas y los señores caracoles.



                

Golpes en la puerta



Golpes en la puerta
¿quién a esta hora?
Nadie

Senderos brillantes
aprovecho el impulso
hago una sopa
de caracoles

me siento genocida

Ahora son muchos
golpes en la puerta
¿Serán ellos?

Son depredadores
señor juez
se comen hasta las cartas
          mire como dejaron
                              la citación.

No,
 las plantas no testificarán
por solidaridad,
dijeron
Todo lo hice por ellas
¡No hay justicia!
digo yo...