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martes, 22 de enero de 2013

Cambio de rumbo







Siendo apenas pasadas las 9 de la noche del martes 22 de enero, entré al café para saber cómo había sido la fiesta.
Esta vez, me recibió Werner, quien se veía preocupado.
-¿Cómo anduvo todo? – pregunté.
- La fiesta estuvo muy bien, se quedaron todos hasta que no quedó ni una sola botella, pero hubo un malentendido.
-¿?
- Todos creyeron que se trataba de la fiesta de despedida y esa fue la razón por la que no faltó ninguno y trajeron a sus amigos, pero cada uno de ellos tiene ahora su propio café donde se han hecho asiduos, por eso ya no aparecen por aquí.
- Vaya, es una lástima.
- Y bien lo entendemos nosotros, ya que este sitio vive porque ellos asistían y ahora no tenemos claro qué es lo que nos espera. Leonor está desolada, llorando en el vestidor y Amadeo avisó que no venía por estar con un ataque de depresión.
- ¡Cuánto lo siento! Comprendo entonces que habrá que cerrar el Mozart.
- De usted depende. Bien sé que el Café La Esquina ya cerró porque nadie aparecía; entonces le sugiero que este sitio se convierta en algo así como ese café. También sé que los otros sitios que usted frecuentaba están bastante abandonados. Al menos, mantenga éste, que fue el primero.
- Pero, ¿cómo mantenerlo, yo sola?
- ¿Por qué no? Otra gente hace lo mismo. Venga por aquí más seguido y escriba de lo primero que se le ocurra.
- Pero, Werner, eso no tiene ninguna lógica, escribir por llenar espacios nada más
, me hace sentir culpable de perder el tiempo.
- No será la primera vez que lo hace…
- Cierto. Bueno, lo intentaré de mañana (o pasado) en adelante y quitaré las restricciones que este sitio tiene, aunque no creo que nadie aparezca por aquí.
- Hágalo. Yo avisaré a Leonor y Amadeo para que sigan viniendo. Y usted piense en que puede usar este café como una especie de escritorio personal.
- Nada se pierde.
Werner me trae un gewürztraminer, acompañado por unos bocaditos de salmón, mientras Amadeo, que apareció sin hacer el menor ruido, interpreta algo de Satié.
-        
           Buenas noches.

sábado, 19 de enero de 2013

DE FIESTA






Leonor está esperando en la puerta.

-¡Al fin llega alguien!

-¿Pero cómo? Si hoy vengo de pura casualidad…

-¿no se acuerda?

-¿De qué?

-¡De la fiesta del renacimiento, pues!

-¡Diantres! Me había olvidado por completo. Entro. Todo se ve reluciente e iluminado. Leonor me trae un vino acompañado por empanaditas de queso recién hechas. Las saboreo con gusto. Están exquisitas. Pronto, me trae más pues he dado buena cuenta de lo anterior en un minuto. Si estamos de fiesta, no tengo ánimo para evitar excesos (que se traducirán en mayor ruedo de la cintura).

El quinteto de jazz ha comenzado a tocar desde el escenario y justo ahora, hace su entrada Elvi, entre risas,con un grupo de amigos,  avanzando espléndida, con un vestido verde cubierto de lentejuelas, haciendo lucir el bronceado del cuerpo, con zapatos y bolso de cuero de cocodrilo, también verdes, sin dejar de notar que la sombra de ojos es de un verde metálico y que las uñas lucen un color plateado que se repite en el collar y pendientes. Werner la recibe con galantería, acompañándola a una mesa adornada con amarillys.


Ahora, un toque de la trompeta destaca el ingreso de Aby, avanzando ágilmente con su estupenda figura y una gran sonrisa y también acompañada de un grupo de amigos,  con un vaporoso vestido formado por varias capas de distintos tonos de gasa azul, collar de turquesas, sandalias plateadas, la melena brillante hasta los hombros, los brazos con pulseras de lapislázuli, precioso bolso bordado. Werner se inclina ante ella y escolta al grupo hasta una mesa en cuyo centro destaca un florero bajo cubierto de gardenias.


El saxo modula una secuencia larga y aparece Marsa con algunos acompañantes, luciendo muy bella un vestido rojo que destaca su bella piel nacarada, adornada con collar y pendientes de brillantes; zapatos y cartera de charol del mismo color; los labios en rojo fuego; el garzón recibe el abrigo que viene del invierno y Werner con una mirada apreciativa, la conduce hasta su mesa embellecida con tulipanes.


Al final del solo del clarinete, atraviesa el umbral Fidel entre amigos, muy garboso y totalmente vestido de blanco, con corbata rayada rojo/azul, camisa celeste, zapatos de cuero trenzado. Avanza quitándose el sombrero de paja clara y Leonor se adelanta a recibirlo y guía al nuevo grupo hasta una mesa arreglada con orquídeas.


Termina el tema musical y justo cuando se produce un silencio, ingresa Galvarino-Rolando-Fridolin, se detiene una instante, quizás cegado por la luz, despojándose de abrigo, bufanda, gorro de piel y guantes, todo vestido de negro. Viene solo.

Con una sonrisa de complicidad, Leonor se le acerca para saludarlo y ambos avanzan hasta una mesa en un rincón, en cuyo centro lucen rosas rojas.


Desde mi rincón, nadie me ve, de lo que me alegro porque no llevo nada cercano a una tenida de fiesta.

Comienzan los asistentes a ser servidos y prontamente deciden todos, de común acuerdo, unir las mesas para tener mayor cercanía, mientras el conjunto toca casi sin respiro entre pieza y pieza.

Ya todos se conocen y la primera pareja se levanta para bailar.

El asunto marcha y en ese momento decido pasar de desapercibida a invisible y me marcho, muy contenta de que esta fiesta se esté celebrando.


Mañana pasaré a preguntarle detalles a Werner y Leonor.

martes, 1 de enero de 2013

Primero de enero





Esta tarde he barrido los restos de la fiesta de los vecinos; el viento arrastra hasta mi antejardín los papelitos de colores que anoche se lanzaron todos muy alegremente. Luego de estar todo barrido y regado, vengo por un rato aquí a descansar un poco.

Desde la calle se escucha música, risas, tintineo de copas. Al abrir la puerta, me recibe el jolgorio de una multitud que llena el café; Amadeo está acompañado por una pequeña banda y tocan temas muy distintos a los habituales. Leonor, se afana de mesa en mesa; Werner está sentado en la barra, conversando con un par de tipos que beben vino. No conozco a nadie, pero el aspecto de los parroquianos es amigable, casi familiar, como si los hubiera conocido siempre. ¿Quiénes son? ¿Cómo llegaron acá?

Como no hay sitio en las mesas, me instalo en un rincón de la barra; pido una copa de champán. Werner, me la sirve con un guiño de complicidad, junto a un platito de chocolates y mazapanes, como sabe que me gusta.

Todos se ven contentos, como si estuvieran dispuestos a seguir la fiesta por todo el resto de la semana. Me contagia su alegría y me siento bien, pues para mi, todos los días deberían ser así, de fin de semana, sin obligaciones ni compromisos, solamente gozar el placer del momento.
De pronto, la música cambia, y todos se ponen a cantar esa canción que aprendí en el colegio y que desde entonces, marca las despedidas con su tremendo tono nostálgico:
-For auld lang syne, my dear,
For auld lang syne.
We'll take a cup o' kindness yet,
For auld lang syne...

Y siento entonces que quizá todas esas personas que cantan, ahora enlazadas entre sí, es gente que me falta por conocer y con quienes es posible que me encuentre a lo largo del año y entablemos amistad.
Antes de salir de este lugar y retomar el ritmo de la realidad de la calle, deseo a todos ustedes, amigas y amigos de tanto tiempo, una época llena de plenitud y gratas experiencias.

¡Salud por eso!